LA MONTAÑA RUSA.

¿Qué sentimientos llegan a tu corazón cuando ves una montaña rusa?

Algunos han tenido la oportunidad de experimentar las emociones que estas causan. Otros, como yo, solo la hemos disfrutado a lo lejos e incluso por televisión. Pero ya sea que hayamos montado una o solo contemplar a otros en el vaivén de los rieles, todos estamos seguros de algo: el viaje en una de ellas nunca es recto y liso. Estas tienen tramos que suben, fugaces e inesperados giros sin aparente control y caídas amenazantes muy pronunciadas. Aparentemente nunca el pasajero siente que lleva el control del destino.

Algo muy parecido a la vida real.

La biblia está llena de personajes que Vivían en una “constante montaña rusa” en su peregrinaje espiritual. Un ejemplo de estos altibajos lo encontramos en los evangelios, reflejados en la vida de Pedro.

Este Pedro, el apóstol más conocido en los evangelios, llegó a ser uno de los discípulos más íntimos de nuestro señor Jesús. Siempre se destacó por su empuje, entusiasmo y decisión; aun cuando sus acciones no fueran las más acertadas.

El apóstol Pedro, fue uno de los tres testigos de la transfiguración de Jesús. Fue también el primero en reconocer a Jesús como el Mesías esperado. Este, fue el único que se atrevió a caminar con nuestro señor por encima de las aguas. Pero como a cada uno de nosotros, en la vida de Simón Pedro había comenzado un descenso.

Un descenso que inició en el Getsemaní, cuando no pudo velar y orar por una hora. Un descenso que continuó con el momento en el que sacó la espada y cortó la oreja de uno de los siervos del sumo sacerdote.

Un descenso que culminó con el triste y doloroso instante, en el que sus oídos escucharon el cantar del gallo, recordándole que había negado tres veces a su amado maestro.

Luego de estos angustiantes sucesos vimos un hombre destrozado por la culpa. Agobiado por la incertidumbre y los temores. Desprovisto de todo propósito por el cual vivir.

Hasta que se reencontró con el Maestro en las solitarias playas de galilea. Ese encuentro marcó su vida. Jesús no estaba ahí para reprocharle su error, pues él ya lo había perdonado. Él sabía que Pedro estaba arrepentido.

El Maestro lo que perseguía era hacer que simón confesara y se diera cuenta de que él aun amaba al Señor. Que aunque le había fallado, ese amor y esa fe en el señor no se habían apartado de su corazón.

Más adelante y después de este encuentro, conocimos un nuevo Pedro. Un Pedro que en su primer sermón ganó tres mil almas y se erigió como el líder del cristianismo. Un Pedro que solo con su sombra, los enfermos eran sanados. Esto sucedió después de haberse percatado de que su amor hacia Dios estaba intacto y el perdón estaba disponible para él.

Así como Pedro nosotros tenemos nuestros momentos de altibajos. Situaciones que provocan una distancia entre Dios y nosotros. Dificultades que borran de nuestra mente toda posibilidad de perdón.

Pero si algo debemos aprender de las montañas rusas es:

Que la vida es un riel, por el cual nosotros como trenes debemos transitar. Y sin importar las colinas que tengamos delante, debemos continuar. Sin prestar interés a que tan atemorizantes y sombrías parezcan las curvas, debemos mantener nuestro rumbo.  Desatendiendo lo enormes que pudieran ser las caídas, debemos mantenernos firmes. No desviarnos ni por un momento del riel. No salirnos ni a izquierda, ni a derecha.

Debemos siempre continuar.

Porque sin importar cuán difícil sea el viaje, tarde o temprano cada tren llega a su destino y a la meta que su creador, para él tenía diseñado.

Por: John Feliciano

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